Marta Pizzo, Argentina

Primeros 17


(para vos, que te quedaste para siempre en mi alma)



Se decía una rebelde de este ecosistema;

leal sobre su pecho el “Che” en un medallón

y aunque amaba la paz, no entraba en su cabeza

como zafar del rollo sin La Revolución.

El portazo que dio retumbó en la manzana

cuando oyó de su vieja: “¡No vas a poder ir!”;

se zambulló en la cama, abrazó la almohada

y a los cinco segundos ya no estaba ahí.

Soñaba con un mundo privado de indigencias,

de fanáticos sueltos dictaminando guerras;

poblado de Hombres libres de libertad inédita

y sin niños que mueran porque no dan las cuentas.

Acaso se durmió para estar más despierta;

mas, cuando las agujas le dieron la advertencia,

se puso la remera del grupo preferido

y se escapó en la tarde, que la llevaba a cuestas.

Entre las calles rotas tarareaba los temas;

por adentro, el instinto, maduraba tristezas.

La vieja le decía que cuidara sus fuerzas

“No todo está perdido, no todo es tan careta...”,

mientras ella le hablaba de corruptos, de necios,

de cómplices, de infames, de asesinos de feria,

le describía las marchas de las dolidas madres,

el grito, y las consignas por el “gatillo fácil”;

de cómo unida a otros, alzando su bandera,

vomitaba la bronca por malgastada pérdida

¡Justicia por los pibes! La cana nos enfrenta,

y el ¡QUE SE VAYAN TODOS! redobla en las veredas.

Abatida en sus miedos, la vieja la escuchaba

rechazar falsedades de sucios noticieros;

charlatanes de traje, llenos de impunidades

y su viejo de esclavo en un supermercado...

Durante que aguardaba el tren en los andenes

por la tarde dorada del cálido diciembre,

se sentó entre el gentío, pensó en sus diecisiete

y en la satisfacción de aprobar las materias.

Ya estaba en quinto año del ciclo comercial

pero vivía tentada por la psicología;

también pensó en el flaco que conoció en la murga

y andaba de delirio rondando su alegría.

Bajó en la Estación Once, donde él la esperaba

con su mochila al hombro que apuntaba “La Renga”,

caminaron despacio tomados de la mano

saboreando el encuentro en brindis de sorbete.

Se rieron un rato mientras hacían la fila;

alguien dijo a los gritos: ¡Nada de pirotecnia!

Ella iba a responderle, cuando sintió su abrazo

y un beso cariñoso que le avivó el silencio.

Con los brazos en alto porque empezó la fiesta,

los primeros acordes, el pulso acelerado...

¡Estaban tan felices! que mirando hacia arriba

agradeció a la vida por ese gran momento.

Se acordó de su vieja pidiéndole que crea,

que “no todo es tan malo en este territorio”

y se juró contarle lo bien que se sentía

cuando volviera a casa, después de “Callejeros”.

Allí quedó la nota, pegada en la heladera,

redondeada carita de bocaza sonriente:

“Me voy para el boliche, no te enojes, un beso.

Cuando vuelvo , charlamos... Sabés cuánto los quiero"